Cuando escuchamos la palabra «política», es común
pensar inmediatamente en elecciones, congresistas, partidos, campañas,
discursos o peleas entre autoridades. Sin embargo, la política es mucho más
antigua y, en su sentido original, mucho más noble que todo eso.
Para Aristóteles, el ser humano es un zóon
politikón, es decir, un ser que vive naturalmente en comunidad. Por eso, la
política no consiste simplemente en ocupar un cargo público o ganar una
elección. Tiene que ver con la manera en que organizamos nuestra vida en común
y tomamos decisiones que afectan a todos.
El problema aparece cuando la política deja de estar
orientada al bien común y se convierte únicamente en un instrumento para
conseguir beneficios personales. Ahí aparece la politiquería, lo que,
lamentablemente, vivimos en nuestro país.
Sin embargo, para una mejor comprensión, analicemos los siguientes
puntos:
1. Política: pensar y trabajar por el bien común
La política puede entenderse como el arte y la
actividad de organizar la vida en común, buscando las mejores condiciones
posibles para que una sociedad pueda desarrollarse.
En la perspectiva aristotélica, la comunidad política no
existe solamente para sobrevivir o satisfacer necesidades inmediatas. También existe
para hacer posible una vida buena, ordenada y orientada hacia el bien común.
Por eso, hacer política implica identificar problemas
reales, discutir soluciones, establecer prioridades y tomar decisiones que
puedan beneficiar a la comunidad, incluso cuando esas decisiones no
produzcan resultados inmediatos ni popularidad.
¿Para qué sirve?
Para buscar el bien común, resolver problemas
concretos y construir condiciones que permitan mejorar la vida de la sociedad.
¿Cómo se hace?
Mediante ideas, debate, deliberación, leyes, políticas
públicas, proyectos, acuerdos, planificación y, cuando sea necesario,
decisiones difíciles.
Un ejemplo
Imaginemos a un alcalde que recibe un distrito con graves
problemas de agua potable. En lugar de limitarse a repartir bidones durante una
campaña, elabora un proyecto de infraestructura, consigue financiamiento,
debate el presupuesto con el concejo municipal y pone en marcha una obra que
quizá demore varios años en concluir.
Tal vez esa obra no sea la más atractiva para una fotografía
ni produzca resultados electorales inmediatos. Sin embargo, puede transformar
la vida de miles de personas.
Eso también es política.
La pregunta que orienta su actuación sería:
«¿Qué podemos hacer para mejorar las condiciones de vida
de todos?»
La verdadera política exige, por tanto, visión de largo
plazo, responsabilidad y capacidad de asumir costos. A veces significa
hacer algo que no genera aplausos hoy, pero que será útil mañana.
2. Politiquería: cuando el poder se convierte en el
objetivo
La politiquería aparece cuando la política deja de
ser principalmente un medio para servir a la comunidad y se convierte en un
mecanismo para obtener poder, votos, privilegios, favores, dinero o
reconocimiento personal.
El politiquero no necesariamente carece de discurso
político. De hecho, puede hablar constantemente de «el pueblo», «la justicia»,
«el cambio» o «el futuro del país». La diferencia está en el propósito que
existe detrás de sus acciones.
En la politiquería, el cargo público deja de ser una
responsabilidad y comienza a verse como una oportunidad personal.
¿Para qué sirve?
Para ganar elecciones, conservar poder, aumentar la
popularidad, conseguir beneficios particulares o favorecer a un determinado
grupo.
¿Cómo se hace?
A través de promesas que difícilmente pueden cumplirse,
populismo, confrontaciones innecesarias, insultos, escándalos mediáticos,
clientelismo, regalos durante las campañas, discursos oportunistas y
utilización de los problemas sociales como instrumentos electorales.
Un ejemplo
Pensemos en un congresista que aparece durante la campaña
repartiendo víveres, organizando actividades llenas de cámaras y prometiendo
solucionar prácticamente todos los problemas de su región.
Durante la campaña aparece constantemente en televisión.
Busca enfrentamientos, genera polémicas y procura mantenerse en los titulares.
Después de ganar, desaparece del contacto con los ciudadanos
y vuelve a aparecer cuando se aproxima una nueva elección.
Eso puede parecer política, pero en realidad estamos ante
una forma de politiquería.
La pregunta que orienta su actuación sería:
«¿Qué tengo que hacer para ganar, mantenerme en el poder
y seguir siendo conocido?»
3. La diferencia no está solamente en lo que se hace,
sino en para qué se hace
Aquí encontramos una de las diferencias más importantes.
Un político puede hacer campaña, dar un discurso, buscar
votos, negociar con otros partidos o aparecer en los medios. Nada de eso
convierte automáticamente su actividad en politiquería.
El problema no está en buscar votos; el problema está en
convertir la búsqueda de votos en el único objetivo.
Del mismo modo, una obra pública puede ser utilizada
políticamente sin que eso sea necesariamente negativo. Una autoridad tiene
derecho a comunicar lo que está haciendo. Lo cuestionable aparece cuando la
obra existe principalmente para la fotografía, la propaganda o la próxima
elección, y no porque responda a una necesidad real de la población.
La diferencia, entonces, está también en la finalidad.
La política pregunta:
«¿Qué necesita la sociedad y qué podemos hacer para
solucionarlo?»
La politiquería pregunta:
«¿Qué puedo hacer para que la sociedad vote por mí y sea
yo el elegido para beneficiarme?»
La realidad cambia completamente el sentido de la actividad
pública.
4. Política de Estado frente a política de campaña
Otra diferencia importante está en la relación con el
tiempo.
La política auténtica necesita pensar más allá del siguiente
proceso electoral. Hay problemas cuya solución puede tardar cinco, diez o
veinte años: educación, infraestructura, seguridad, salud, transporte, reforma
institucional, investigación científica, entre muchos otros.
La politiquería, en cambio, suele vivir pendiente del
calendario electoral.
Si una medida produce resultados dentro de cuatro años,
puede ser poco atractiva para quien solamente piensa en las próximas
elecciones. Si una medida produce aplausos inmediatamente, aunque tenga poca
utilidad a largo plazo, puede resultar mucho más conveniente.
Por eso, una sociedad necesita dirigentes capaces de
preguntarse no solamente «¿qué quiere escuchar la gente hoy?», sino
también «¿qué necesitará la sociedad mañana?».
Ese cambio de perspectiva es fundamental.
5. No toda política es perfecta, pero no toda política es
politiquería
También conviene evitar una simplificación.
La política real siempre implica conflictos de intereses,
desacuerdos, negociaciones y decisiones discutibles. Un político puede
equivocarse de buena fe, adoptar una medida que después resulte equivocada o
perder popularidad por tomar una decisión necesaria.
Eso no lo convierte automáticamente en politiquero.
La política democrática no exige que todos piensen igual ni
que todas las decisiones sean acertadas. Exige, entre otras cosas, deliberación,
responsabilidad, rendición de cuentas y orientación hacia el interés público.
La politiquería aparece cuando el interés particular termina
dominando la actividad política y el poder se convierte en un fin en sí mismo.
6. Conclusión
Podríamos expresarlo de una manera sencilla:
Y quizá por eso sea importante recuperar el verdadero
sentido de la palabra política.
Porque la política no es el problema. Al contrario: una
sociedad necesita política para organizarse, deliberar, establecer prioridades
y buscar soluciones colectivas.
Lo que debemos cuestionar es cuando la política deja de ser
un medio para alcanzar el bien común y se transforma en un simple espectáculo
de intereses personales.
7. Si me preguntan ¿lo que existe en el Perú es política
o politiquería?
Mi respuesta sería la siguiente: Si usamos el concepto
aristotélico de política, diría que la política peruana contemporánea
contiene ambas, pero predomina la politiquería.
Existe política auténtica cuando se busca el bien común
mediante políticas públicas, instituciones y proyectos de largo plazo. Sin
embargo, cuando predominan el interés personal, el cálculo electoral, el
populismo, la confrontación mediática y la búsqueda de poder, estamos ante politiquería.
En términos sencillos, nuestro país necesita política,
pero buena parte de su práctica política actual se acerca más a la politiquería
que al ideal aristotélico de la política.
La política es necesaria. La politiquería es la que
termina dándole mala fama.
El Escritos Misterioso
10 de setiembre de 2026


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