Según la
información difundida públicamente, ocho estudiantes del internado del Liceo
Naval Almirante Guise fueron intervenidos e investigados por presuntamente
haber participado en una agresión sexual contra un compañero menor de edad,
utilizando un palo de escoba. El hecho generó una fuerte reacción social debido
a la gravedad de la acusación, la edad de los involucrados y porque habría
ocurrido dentro de una institución educativa con régimen disciplinario
estricto. Esto ocurrió dentro de un autobús que trasladaba a los alumnos.
Desde una
perspectiva jurídica, si los hechos son acreditados por la investigación fiscal
y judicial, no se trataría de una simple broma, novatada o acto de indisciplina
escolar, sino de una presunta agresión sexual grave contra un menor de edad,
con posibles responsabilidades penales para los participantes y eventuales
responsabilidades administrativas o civiles para quienes tenían deberes de supervisión.
Ahora bien,
más allá de analizarlo desde una perspectiva jurídica, quizá también debemos
empezar por preguntarnos ¿por qué existen estos tipos de casos? O ¿qué sucede
por la mente de aquellos jóvenes que cometen ese tipo de atrocidades?, incluso,
si pretendemos profundizar más, la pregunta sería ¿cuál es la raíz de todo esto?
La pregunta
sobre la raíz del problema es más profunda que la pregunta sobre las leyes. Las
leyes pueden sancionar y prevenir en cierta medida, pero difícilmente explican
por qué un adolescente llega a humillar, torturar o agredir sexualmente a otro
compañero.
Es por eso
que, desde la filosofía, la psicología —y si pretendemos ir más allá—, la
neurociencia, no existe una única causa. Generalmente se trata de la
convergencia de varios factores. Para esto, en esta publicación ofreceremos
algunos análisis, a manera de apuntes, desde los enfoques mencionados.
La raíz filosófica: la pérdida del reconocimiento del otro como persona
Muchos
filósofos han sostenido que la violencia extrema comienza cuando una persona
deja de ver al otro como un ser humano digno de respeto y empieza a verlo como
un objeto, un instrumento o un blanco de diversión.
En este
caso, cuando un grupo de adolescentes somete a otro compañero a humillaciones o
agresiones, suele ocurrir un proceso de deshumanización. La víctima deja de ser
percibida como «Juan», «Pedro» o «mi compañero» y pasa a ser vista como «el
débil», «el raro», «el nuevo», «el que no importa».
La violencia
se vuelve posible cuando desaparece la empatía.
La raíz psicológica: la búsqueda de poder y aceptación grupal
Muchos
adolescentes no actúan solos. En los casos más graves suele existir una
dinámica de grupo.
La
psicología social ha demostrado que las personas pueden realizar conductas que
individualmente jamás cometerían cuando buscan aceptación del grupo. temen ser
excluidas, quieren demostrar fortaleza o liderazgo o también cuando se diluye
la responsabilidad individual.
En
ocasiones, algunos participantes ni siquiera son los líderes de la agresión.
Simplemente siguen al grupo porque sienten que pertenecer es más importante que
cuestionar.
La raíz neurocientífica: un cerebro aún en desarrollo
La
neurociencia ha demostrado que durante la adolescencia el cerebro todavía está
madurando. Es por ello que se tiene que saber que es la corteza prefrontal, que
interviene en el control de impulsos, la toma de decisiones, la evaluación de
consecuencias y el razonamiento moral. Esta región continúa desarrollándose
hasta aproximadamente los 25 años.
Por ello,
muchos adolescentes presentan:
- Mayor impulsividad.
- Mayor
influencia de sus pares.
- Mayor
búsqueda de emociones intensas.
- Menor
capacidad para prever consecuencias futuras.
Esto no
justifica una agresión, pero ayuda a comprender por qué algunos jóvenes pueden
involucrarse en actos extremadamente graves sin medir plenamente sus efectos.
¿Por qué algunas agresiones tienen contenido sexual?
En muchos
casos, la agresión sexual entre adolescentes no tiene como fin (principal) la
satisfacción sexual. Los especialistas suelen explicar que puede tratarse de
una manifestación de dominación, humillación, control, castigo grupal y ejercicio
de poder. En otras palabras, la sexualidad se utiliza como instrumento para
degradar a la víctima. Por eso, en criminología, muchas agresiones sexuales son
analizadas también como delitos de poder y sometimiento.
¿Cómo prevenirlo desde la filosofía?
La filosofía
educativa sugiere que la prevención debe comenzar mucho antes de que aparezca
la violencia. Para esto, existen tres pilares fundamentales:
a. Educación en la dignidad humana
El niño debe
comprender desde pequeño que toda persona posee un valor intrínseco que no
depende de su fuerza, popularidad o condición social.
b. Educación en la empatía
No basta
enseñar solamente normas. Es necesario enseñar a ponerse en el lugar del otro. La
pregunta ética fundamental es: ¿Cómo me sentiría yo si me hicieran lo mismo?
Entonces, empezar por aquí nos puede conducir a ciertas posibles soluciones.
c. Formación del carácter
Respecto a
este último pilar, la tradición aristotélica sostiene que las virtudes se
adquieren mediante hábitos. El respeto, la prudencia, la justicia y la
compasión deben practicarse diariamente en la familia y en la escuela.
¿Cómo prevenirlo desde la neurociencia?
La
neurociencia moderna señala varias estrategias efectivas. Así tenemos las
siguientes:
- Enseñar
regulación emocional desde la infancia.
- Desarrollar habilidades de
autocontrol.
- Fortalecer
la capacidad de reconocer emociones ajenas.
- Entrenar
la resolución pacífica de conflictos.
- Detectar
tempranamente conductas de crueldad o humillación reiterada.
Las
investigaciones muestran que la empatía puede fortalecerse mediante
experiencias educativas y familiares adecuadas.
La reflexión de fondo para una mejor educación familiar
Quizás la pregunta
más importante no sea: «¿Qué castigo merecen los agresores?», sino «¿Qué
estamos dejando de enseñar para que algunos jóvenes lleguen a creer que
humillar a otro ser humano puede ser una forma de diversión, prestigio o
poder?».
La familia,
la escuela y la sociedad suelen preocuparse mucho por transmitir conocimientos,
pero a veces dedican menos tiempo a formar la conciencia moral. Un adolescente
puede obtener excelentes calificaciones y, sin embargo, no haber desarrollado
suficientemente la empatía, el respeto o el sentido de la dignidad humana.
Por ello, la
prevención más profunda no nace en los tribunales ni en las comisarías. Nace en
la formación del carácter, en el ejemplo de los adultos (como padres y
profesores) y en una cultura que enseñe que la verdadera fortaleza no consiste
en dominar al más débil, sino en protegerlo.
El Escritor
Misterioso
21 de setiembre de 2026

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